domingo, 19 de febrero de 2012

Un Día Cualquiera (Primera parte)

Dos perlas de rocío se deslizaban por la ventana del cristal de su oficina ajenas a quien, tras ella, permanecía observando la calle con una panorámica a gran altura. Estuvo trabajando hasta muy tarde para concluir una importante operación financiera y casi no pudo descansar. Asomándose en el rosetón de su despacho, junto a una planta vetusta de aspecto casi sintético, contemplaba el nacimiento del nuevo sol que tanto le hechizó de pequeño por la extraordinaria riqueza de su fulgor. Todo volvía a empezar en una jornada más y le quedaba poco tiempo. Dentro de un plazo de doce horas, su cuenta bancaria se iba a engrosar notablemente si las cosas iban bien, aunque ya nada podía frustrarse. Vio como en la calle las persianas de los establecimientos empezaban a subir, mientras el sol, danzaba entre los edificios y la gente iba disipando su somnolencia para emprender un nuevo día mediante un pequeño paseo matinal.

Después de servirse un café de la máquina que había a la entrada, se consagró a ultimar los detalles del ejercicio millonario que tenía en curso, para poco después ir al banco a hacer las transacciones pertinentes. Sentado delante de su ordenador se quitó las gafas un momento y se pasó la mano por los ojos. Estaba cansado pero no tenía demasiado tiempo, quizá el justo para hacer un breve repaso. La oficina aún registraba la penumbra de la noche; todo permanecía en calma, únicamente se oían las pulsaciones sobre el teclado del ordenador y un inapreciable zumbido de la máquina de café. Sobre la mesa de su despacho, un periódico abierto por la sección de economía y numerosos papeles con gráficos e índices de bolsa, podían dar una noción de cuál era su profesión. Aquel lugar mostraba orgullosamente sus paredes frías, apenas decoradas, sin ningún vestigio que indicase la existencia de vida familiar, un toque femenino o algún retrato.

Era un hombre soltero y de mediana edad, muy entregado a todo cuanto le creaba grandes beneficios pero, incapaz de mantener una relación o aceptar una responsabilidad diferente a lo único que sabía hacer, su trabajo; y menos aún, capaz de tolerar un compromiso matrimonial.

El reloj de pared pareció despertar repentinamente anunciando la proximidad del fin de aquel negocio. Apagó el ordenador y abrió un maletín sobre la mesa, en el que introdujo algunos papeles; había también un poco de dinero y una voluminosa agenda. Cerró la maleta; tomó un abrigo de la percha y, echando una mirada atrás, salió de la oficina camino del banco. Los pasillos del edificio estaban vacíos y resonaban sus pasos propagándose como un ejército entre el silencio de la expectación. Cogió el ascensor, y mientras esperaba su próxima parada, revisó su aspecto en el gran espejo que llenaba el fondo de aquel artefacto. Una campanilla indicó su parada y las puertas se abrieron mecánicamente. Se podía apreciar mayor luminosidad reflejándose en el mármol del suelo, aunque aún cohabitaba la penumbra en las entrañas del edificio. Cruzó una puerta de cristal y el conserje le fue a abrir la de la calle dándole los buenos días, saludo que devolvió al instante con un tono impasible. Una bocanada de aire frío llenó sus pulmones congelando el donaire con que salía del inmueble; miró un concesionario de coches mientras pensaba en el dinero, y la librería que había al otro lado de la calle, a la que iba a comprar el periódico cuando el semáforo le permitiese cruzar. Finalizada su primera tarea, salió del establecimiento con el diario bajo el brazo y alzó la vista para contemplar su oficina de la que tan orgulloso se sentía; un edificio alto, gris y muy acristalado que destacaba entre los otros, algo de lo que él nunca había sido capaz. Volviendo a su realidad, siguió su camino cruzando un puente de barandillas forjadas y decrépitas. Al otro lado, en un supermercado que dejaba al trasluz de un cristal toda su rutina, las cajeras permanecían fieles a la automática tarea de registrar cada compra y, a su derecha, una cabina anaranjada y verde tentaba al azar con sus cupones.

Era un día cualquiera, sin nada especial, salvo que andaba metido en un negocio muy importante que le daría buenos beneficios, pero su mente, nunca alcanzaría a imaginar que sus antepasados lo fueran a llamar para reunirse con ellos.

Entró en la cafetería que solía frecuentar todos los días para tomar una infusión y algún bollo. No había mucha gente; un empleado del supermercado, la dependienta de la floristería contigua, un viejo leyendo el periódico; se sintió desapercibido, y fuera de su oficina, eso le gustaba. Le atendió una camarera pelirroja que no había visto antes, con un escote un tanto provocativo y unas mayas que definían sus piernas a la perfección; aunque su mente pronto se evadió recordando algunos detalles de su negocio. Cuando hubo terminado, fue a pagar con el dinero exacto y recibió una gratificante sonrisa de la chica. Adulado frente aquella expresión, cruzó el umbral que lo volvería a situar rumbo a sus negocios. Necesitaba hacer un pequeño ingreso y una importante transferencia de varios millones; todo el esfuerzo de los últimos días le sería recompensado. Al otro lado de la calle, una oficina de seguros con un vistoso letrero, le recordó un asunto pendiente, que una vez más pospondría para la mañana próxima.

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