lunes, 2 de abril de 2012

LA VIDA ETERNA

Sabido es por todos que nuestro último futuro conocido es la muerte, pero llegada esa temida hora, nada quedará de nuestro saber sino aquello que hayamos aplicado en la vida, de cuyos hechos, testimonio darán quienes nos sobrevivan.

Leí no sé dónde que hay quien nace viejo y muere de lo mismo, sin enterarse siquiera de su paso por la vida. Y así le sucedió a aquella mujer con la que, en calidad de abuela, el destino aliñó nuestras vidas; todo, a pesar de que ella nunca pudo tener hijos.

Podría decirse que fue un condimento un tanto amargo en la vida de mi madre y ahora que oigo el dicho “mala hierba nunca muere”, tal vez estoy por darle la razón a esa vieja sabiduría popular que nadie sabe quién inventó. Lo cierto es que aquella pretérita anciana a todos nos parecía inmortal. Es curioso, pero la recuerdo igual desde pequeño. Siempre vieja, arrugada, sin palabras, impasiblemente sentada en su sillón, tal vez aguardando ya su última hora, aunque bien podía pretender pasar inadvertida, como una estatua, para cuando la sombra de la guadaña pasase a buscarla; pero lo más seguro es que habría quedado olvidada en alguna página del dietario de la muerte.

Si algún día fue joven, mi madre siempre la había conocido vieja, enlutada por la muerte de su primer marido, del que aún conservaba su dentadura postiza ennegrecida entre los recovecos de su acaudalado baúl. Ni en dos matrimonios le sobrevivieron los hombres. Costaba imaginarla en cualquier situación que denotase una actividad física o un sentimiento humano.

Nos contaban que fue un día imposible de señalar, mientras estaba haciendo las compras, cuando de repente le cogió un extraño mareo en medio de la lonja. A partir de aquel momento, ante los suyos se consideró demasiado anciana para hacer tareas semejantes y ya no volvió a salir de casa. Después inventaron la luz, la radio, el coche, la tele y nací yo. Pero eso no importaba. Cuando adoptó a mi madre sólo quería alguien que cuidase de ella en la ancianidad y así se pasó la vida mi madre: dándole todos los cuidados que ella no le había dado en la infancia; dándole de comer cuando ella siempre lo había guardado todo bajo llave; mirando todo lo que le preparaba, cuando ella siempre se había quedado con el mejor bocado; privándola de libertad, porque los remordimientos se habrían abalanzado sobre la cabeza de mi madre en caso de sucederle algo en su ausencia.

Un año le diagnosticaron una terrible enfermedad de pronóstico fatal. ¡Cuarenta días de vida!. Pasaron bastantes más; incluso nos preguntamos si no habrían sido cuarenta años en lugar de días. Un error de cálculos puede pasarle a cualquiera.

La cabeza la conservó hasta el final y muchas veces nos preguntábamos que pasaría por allí dentro; lo cierto es que lo único que había perdido era el control de esfínteres, aunque de gases siempre ando liviana. La hora del almuerzo, de la comida, de la merienda, de la cena... eran sagradas; igual que la hora de acostarse; quizá ahí se halle la clave de la longevidad, añadiendo la escasa actividad física. Aunque mi hermano cree que el secreto estaba en la sopa. Desde que vinimos al mundo, la vimos tomando la misma sopa por la mañana y otra sopa por la noche. Ni el perro más famélico habría osado probar aquellos guisos; posiblemente era una forma de asegurarse que nadie osaría a quitarle el secreto de la vida eterna.

Una vez más, nos asombró el poder de la inmortalidad cuando escapó, sin marca alguna, de las llamas que habían provocado sus torpes movimientos. Fue otro de sus muchos días, mientras hacía la cama, cuando el edredón se prendió con una estufa eléctrica que tenía a los pies. La cama, la alfombra, las cortinas, el albornoz, las medias... Y ella, allí, en medio de aquel infierno, acariciada por las llamas y gritando igual que cuando veía a un ratón o cuando pedía la cena. Dos minutos después del suceso, mi abuela estaba pidiendo el almuerzo como si se acabase de levantar tras un mal sueño. Mi madre estuvo dos días sin poder moverse del susto y del sobreesfuerzo de arrebatarla del infierno.

Finalmente un día, quizá cuando a la muerte le tocaba hacer las memorias del siglo, siempre con algunos años de retraso, puesto que se le amontonaba el trabajo con tantas catástrofes, guerras y epidemias, se dio cuenta de que se había olvidado de recoger a aquella anciana. Vino pasándonos inadvertida, tal vez apresurada para dar cuentas ante el supremo. Lo cierto es que todos echamos de menos aquella presencia del sillón, especialmente mi madre, que aún espera su llamada para llevarle la cena, para cambiarle el pañal, para que se acuerde de comprarle esto o aquello... Mi hermano prefirió apuntar que el efecto de aquella sopa milagrosa había caducado.

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